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La Plegaria "No llores Madre"

08.04.14 - Escrito por: Mateo Olaya Marín

Nadie puede resistirse a la irrepetible y única belleza de la Soledad. En su rostro, la calma se precipita con el dolor, la resignación con la pena, la belleza con el drama. Si nadie pudo hacerlo, ¡no iba a ser menos el Maestro Rodríguez! En el centenario del nacimiento del insigne músico egabrense, conviene reparar en una de las mejores obras que legó para Cabra, dedicada a la Virgen de la Soledad bajo el título "¡No llores Madre!".

Resulta curioso observar cómo d. José Rodríguez López (el Maestro Rodríguez) ya desde sus inicios compositivos, allá por los años cuarenta del pasado siglo, registró obras de enjundia y peso específico en el conjunto de su repertorio. Lejos de acusar una cierta inexperiencia en el campo de la creación musical, se valió de sus altas e innatas capacidades artísticas para inmortalizar desde un primer momento páginas musicales realmente destacables. Precisamente la obra que nos ocupa se enmarca dentro de las primeras composiciones del maestro.

La hermosa plegaria "¡No llores Madre!" fue compuesta en febrero de 1951, para orquesta y voz sola, siendo posteriormente arreglada para voz y órgano, con el objeto de facilitar su interpretación en cultos y actos religiosos. Con letra cuya autoría se desconoce, aunque todo parece apuntar al autor, la música de esta plegaria constituye una profunda seña de identidad de la incomparable Dolorosa de la Soledad. Probablemente, estemos ante la música de las escritas que mejor describa todo lo que significa la imagen, desde las emociones y sentimientos que suscita, hasta el mensaje que encierra en toda una confesión íntima y sincera hacia la Madre de Dios.

Aquí la música se entrega a la belleza por el camino del dolor. El Maestro Rodríguez hilvana una espléndida melodía, reconocible para siempre por todo devoto y egabrense, que se ensarta en ese pozo de lágrimas donde se cristaliza su pena de soledad, donde se refleja su pureza virginal, donde cruje la oración y la plegaria que se abre desde balcones y ventanas, que se incrusta en el sudario, que se encierra en sus manos de madre. El autor se entrega al destino al que estaba predestinado: inmortalizar una de las grandes joyas de nuestra Semana Santa, en una delicada y mayúscula pieza musical.

Comienza la obra con un sosegado canto, plácido, pausado, acompasado. La letra se desgrana progresivamente sobre una sencilla melodía con acompañamiento básico, que cruza el umbral de la escritura, traspasa el aire y llega al corazón de quien lo escucha. Hay punzadas en el mensaje de la plegaria, que sobrevuelan en unas notas finas y dulces: "Pálida y triste está María / en la montaña junto a la cruz / porque los hombres malos y fieros / muerte le dieron a su Jesús".

La atmósfera que dibuja el maestro es dramática, patética, severa. La gravedad y el dolor rezuman desde la primera nota. A mitad de la obra, irrumpe el ritmo, en un arrebato cercano al desgarro de esa soledad que no resiste en pie y parece doblar sus rodillas ante la cruz. Es cuando el canto alcanza su cénit, se eleva en la escala: "Por sus mejillas dos perlas caen / como dos gotas de blanco mar / ¡No llores Madre! / yo te acompaño / en tu amargura y soledad".

Hay una voluntad de todo el pueblo cuando el Sábado Santo transita por las calles: ¡No llores Madre!. Ése es el nudo, el núcleo de la obra. Una petición, una súplica, a la que le sigue una manifestación de inquebrantable unión a lo divino, cuando se subraya que no se le abandonará. Porque la Soledad es la eterna paradoja de su palabra. La ausencia está sólo en siete palabras; a Ella la arropa todo un pueblo que dobla sus recuerdos a cada segundo que la contemplan.

Estos últimos versos se repiten obstinadamente como secuencia de fe y fidelidad hacia el regalo y la suerte que Cabra tiene desde hace trescientos cincuenta años. Así, termina la plegaria con una voz alzada, cerrando una composición que figura desde su primer día en la historia de la Archicofradía de la Soledad, de Cabra y su Semana Santa.

El Maestro Rodríguez concibió "¡No llores Madre!" cuando se encontraba del todo inmerso en una frenética actividad musical que no le abandonaría hasta el final de sus días. Hasta 1951 había cultivado distintos géneros, haciendo gala de su contrastada pluralidad y diversidad musical, como el pasodoble (su primera composición fue el pasodoble "Solera Oro") o la canción. Era por entonces un consolidado director del cuadro artístico del Centro Filarmónico Egabrense. Había formado parte de la Banda de Música de Cabra, a la que regresaría al año siguiente para ser subdirector, ostentando la batuta años más tarde hasta principios de los ochenta. Con la orquesta que él mismo fundó, la "Orquestina Rodríguez", desempeñaba igualmente labores musicales amenizando todo tipo de actos y fiestas, siendo una de las formaciones musicales de su tipo más conocidas en Andalucía.

En ese contexto de efervescencia musical nació "¡No llores Madre!". Quizás, junto con "Amorosa Madre", se trate de dos de sus obras musicales religiosas de más calidad y nivel artístico. Tuvo el privilegio del don de la música y la voluntad y vocación de proyectarla para el bien común de Cabra. No se limitó en sus posibilidades. No privó a su pueblo de su generosidad. Quiso darle para la posteridad una música de la que sentirse enormemente orgulloso, dedicando soberbias páginas musicales a dos devociones marianas de incalculable valor histórico y religioso para Cabra y Andalucía: María Stma. de la Sierra y la Virgen de la Soledad.

(Publicado en la Revista "Soledad" con motivo del 350º aniversario de la fundación de la Real Archicofradía de Ntra. Sra. de la Soledad y Quinta Angustia)

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