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Pregón a San Rodrigo, Mártir 2026
16.03.26 - Escrito por: Antonio Mora López
A modo de carta a un amigo, Antonio Mora López pronunciaba el pasado 13 de marzo en la iglesia de San Juan de Dios, antiguo convento y hospital de San Rodrigo, un emotivo pregón cargado de sentimientos y mensaje en torno al copatrono de la Ciudad, que nuestro pregonero bordó como sabe hacer. Os dejamos el texto íntegro de este Pregón de San Rodrigo del año 2026.
Estimado San Rodrigo:
Hoy me acerco a ti con humildad y algo de pudor, porque durante mucho tiempo he pasado ante tu hornacina sin detenerme, sin mirarte siquiera, como quien pasa de largo ante un amigo al que aún no conoce. Te pido perdón por esa falta de devoción nacida no del desprecio, sino del desconocimiento: por no haber sabido quién fuiste, qué obras realizaste ni qué milagros concediste a quienes acudieron a ti con fe.
Perdóname por la indiferencia, por no haberte buscado antes, por no haberte hablado cuando tantas veces llevaba el corazón cargado. Hoy reconozco que el silencio no fue culpa tuya, sino mía, por no saber verte ni sentirte cercano.
Te prometo, San Rodrigo, que desde ahora procuraré conocerte mejor: saber de tu vida, de tu ejemplo y de tu camino. Quiero aprender a acercarme a ti como se hace con un amigo bueno y fiel, contarte mis penas, mis dudas y mis anhelos, sabiendo que tú, como yo, buscas a Jesús para poner en Él los pesares y las esperanzas del alma.
Enséñame a mirar con más fe, a detenerme, a no pasar de largo ante lo sagrado ni ante lo humano. Acompáñame en ese aprendizaje sencillo y profundo de confiar, de hablar desde el corazón y de saber que nunca se llega tarde cuando se llega con verdad.
Hoy me acerco a ti, San Rodrigo, con el corazón abierto y lleno de gratitud. No con palabras aprendidas ni con gestos vacíos, sino con la sinceridad de quien ha descubierto tarde, pero de verdad, la grandeza de un amigo que siempre estuvo esperando.
Gracias por aceptarme. Gracias por recibirme como un nuevo amigo bajo tu amparo, aun sabiendo que durante mucho tiempo no supe buscarte, ni supe comprender lo que significabas para Cabra y para quienes te aman. Hoy me pesa ese tiempo en el que caminé sin mirarte, sin detenerme a descubrir tu ejemplo, tu historia y la fuerza de tu fe. Por eso también quiero pedirte perdón. Perdón por no haberte buscado antes, por no haberte encontrado antes en mi camino.
Pero sé que los verdaderos amigos no guardan rencor, y que los santos saben esperar con paciencia el momento en que el corazón despierta. Y hoy, al fin, mi corazón ha despertado hacia ti.
Desde lo más profundo de mi alma quiero darte las gracias por permitirme acercarme, por dejarme sentir que también puedo formar parte de esa devoción que durante siglos ha mantenido viva la gente de Cabra. Gracias por abrirme un camino nuevo, por enseñarme que la fe también puede nacer en un instante sincero, en una mirada al cielo o en un gesto humilde de quien reconoce que necesita guía.
Hoy no solo quiero agradecerte. Hoy también quiero prometerte algo.
Prometo recordarte, honrarte y caminar siempre con respeto y cariño hacia tu figura. Prometo no volver a apartarme de este camino que hoy comienza, y procurar que tu nombre y tu ejemplo sigan vivos también en mi vida. Prometo hablar de ti con orgullo, aprender de tu testimonio y llevar siempre conmigo el sentimiento de haber encontrado en ti a un protector y a un amigo.
Que este momento no sea solo un gesto pasajero, sino el inicio de una fidelidad que no se rompa con el tiempo. Que mi amistad contigo no dependa de los días fáciles, sino que se mantenga firme también en los momentos difíciles, cuando más necesite tu intercesión y tu ejemplo.
Por eso hoy, delante de Dios y con el corazón sincero, quiero que estas palabras se conviertan en un juramento: un juramento de gratitud, de respeto y de fidelidad eterna hacia ti, San Rodrigo, patrón y orgullo de Cabra.
Gracias por aceptarme.
Gracias por esperarme.
Y gracias por permitirme, desde hoy, llamarte también mi amigo.
Con respeto y sincera intención, hoy me encomiendo a ti.
Estimado Consiliario, Don Emiliano
Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de La Hermandad de San Rodrigo Mártir, Costaleros de la Virgen de la Sierra
Querido Hermano Mayor, Junta de Gobierno y Camareras de la Archicofradía de María Santísima de la Sierra Coronada, Patrona, Señora y Dueña de Cabra y de mi corazón.
Estimado Señor Alcalde y miembros de la Corporación Municipal
Hermanos mayores y Presidentes de las distintas hermandades que hoy me acompañáis
Majestades y corte de honor de las fiestas de septiembre de 2025
Querida Amiga y Presentadora
Familia, amigos, buenas tardes y muchísimas gracias por vuestra presencia
Quiero en primer lugar, expresar, desde lo más hondo de mi corazón, mi agradecimiento sincero a la Hermandad de San Rodrigo Mártir por el honor inmenso que supone haber sido designado pregonero de su festividad. Un honor que recibo con emoción, pero también con un profundo sentimiento de responsabilidad y humildad.
No puedo ocultar ?ni quiero hacerlo? que mi vinculación con San Rodrigo no ha estado marcada, hasta ahora, por la cercanía ni por la tradición. He sido, durante mucho tiempo, un desconocedor de su figura, de su historia y de su devoción. No me unió a Él un lazo sentimental forjado desde la infancia, ni el paso de los años bajo sus andas. No fui costalero, ni de niño ni de mayor, ni crecí al abrigo de su nombre como tantos egabrenses que aprendieron a quererlo casi sin darse cuenta y que hoy os tengo delante.
Y quizá por eso este nombramiento adquiere para mí un valor aún más profundo. Porque la Hermandad ha sabido mirar más allá de los vínculos heredados y ha confiado en alguien que llega desde la ignorancia, pero también desde el respeto, desde la admiración que nace al descubrir un maravilloso grupo de maravillosas personas, y desde el deseo sincero de acercarse y comprender. Me habéis tendido la mano aun sabiendo que no venía de antiguo, y ese gesto habla de una Hermandad abierta, generosa y valiente.
Este encargo no lo vivo como una meta, sino como un comienzo: el inicio de un camino de encuentro con San Rodrigo Mártir y con su gente. Un camino que emprendo con el corazón dispuesto, con gratitud infinita y con la intención honesta de estar a la altura de la confianza que habéis depositado en mí.
Gracias por creer, por acoger y por regalarme la oportunidad de poner voz ?desde la emoción y la verdad? a una devoción que hoy empiezo a sentir como propia.
Muchísimas gracias de corazón.
Gracias, Rosa. Gracias de verdad. Gracias por estar hoy aquí y por estar siempre, incluso cuando no hacía falta decir nada. Porque tú has sido presencia constante en los momentos más duros de mi vida, pero también en los más bonitos, esos que se guardan para siempre y que solo se comparten con quien de verdad importa.
Te quiero un montón, y no es una frase hecha. Te quiero por ser la persona más honesta, leal y sensata que conozco. Porque en un mundo que muchas veces empuja a disimular, tú eliges ser verdad. Porque nunca me fallaste, porque siempre supiste decir lo que hacía falta, incluso cuando no era lo más cómodo, y porque tu lealtad no entiende de tiempos ni de circunstancias.
Tu corazón es tan grande que no te cabe solo en el pecho. Por eso lo repartes cada día entre niños que necesitan más que nadie comprensión, paciencia y amor. Tu formación, tu vocación y tu entrega profesional hablan de ti mejor que cualquier presentación: trabajas con niños con necesidades especiales porque tú sabes mirar donde otros no saben, porque tú ves capacidades donde muchos solo ven dificultades.
Y como si todo eso no fuera suficiente, también llevas en tu historia la ternura y la entrega de haber sido costalerilla de la Virgen de la Sierra Chiquita. Porque tú siempre has sabido cargar, con fe y con amor, lo que merece la pena. En la vida y bajo un paso.
Que seas tú quien me presente hoy no es casualidad. Es un regalo. Es la tranquilidad de saber que quien me anuncia lo hace desde el cariño sincero, desde el conocimiento profundo y desde un afecto construido a base de verdad compartida.
Gracias por ser amiga, por ser refugio, por ser luz serena. Gracias por caminar conmigo. Este pregón también es tuyo.
Te quiero mucho.
He de confesar que son pocas las veces que me pongo ante su mirada. Pero cuando pienso en el, lo noto como un ente que está, justo donde tiene que estar. San Rodrigo permanece en silencio, pero no en ausencia. Desde su lugar en la Parroquia de la Asunción y Ángeles ha aprendido a ser testigo de la vida entera, de esa fe cotidiana que no siempre se dice en voz alta, pero que late en cada rincón del templo. Sus ojos, serenos y eternos, han visto llegar a los hijos del pueblo en brazos, envueltos en el murmullo del agua bendita y las promesas del bautismo. Ha sentido el temblor emocionado de las confirmaciones, cuando la fe deja de ser heredada para convertirse en decisión.
Si echamos cuenta, ante Él se han jurado amores eternos en bodas llenas de flores, lágrimas y campanas. Ha sido confidente silencioso de los nuevos sacerdotes cuando reciben su nombramiento, cargados de ilusión y de respeto, sabiendo que pisan un suelo sagrado que otros antes cuidaron. Mi más sentido recuerdo a Don Manuel Osuna , Don Zacarías Romero y Don Jose Antonio Jiménez. También ha observado, año tras año, el esfuerzo callado y devoto del montaje de los pasos de Semana Santa: manos cansadas, miradas concentradas, corazones volcados en preparar lo que saldrá a la calle como oración hecha madera y cera. También desde aquí mi reconocimiento a tantos y tantas cofrades egabrenses que hacen, durante una semana, de la parroquia su casa, y mis mayores deseos de que todo salga bien de cara a la Semana Mayor que pronto, si Dios quiere, disfrutaremos.
Pero hay un tiempo que San Rodrigo guarda con especial recogimiento: septiembre. Porque entonces su relación con María Santísima de la Sierra se vuelve más honda, más íntima. No necesitan palabras. Basta la noche. Cuando la puerta de la parroquia se cierra despacio, cuando el eco del último paso se apaga y la última vela del velario queda extinguida, algo sagrado permanece suspendido en el aire. San Rodrigo sabe que María ya descansa, que el silencio también es oración, y que en esa penumbra compartida se guarda la fe más pura de todo un pueblo.
Él se queda allí, velando lo que no se ve: los recuerdos, las promesas, las ausencias y las esperanzas. Porque mientras haya alguien que rece, que ame o que vuelva a entrar buscando consuelo, San Rodrigo seguirá siendo testigo fiel de todo lo que acontece entre esos muros... incluso cuando solo queda la noche. Todo un año entero de ser ese testigo silencioso.
Pero también hay un día especial. Trece de marzo. Día del Patrón, que tan importante era cuando aún recuerdo que ni siquiera había escuela y eso para nosotros era una alegría añadida.
Dicho está que nunca fui costalero, ni de grande ni de pequeño, pero tengo el inmenso honor de conocer a muchos y muchas de ellos, de Cabra y de fuera, que vienen expresamente a atender la llamada que San Rodrigo y Nuestra querida Patrona les hace. No he sido costalero, pero admiro tanto esta devoción, que me he permitido meterme en la mente de un costalerillo y poder poner palabra a lo que su corazón me dicta...
"De niño, no sabía ponerle nombre a lo que sentía, pero lo sentía todo. Veía a su padre cargando con San Rodrigo y pensaba que no había nadie más fuerte en el mundo que él. Para el niño no era solo un hombre debajo de un paso: era su padre sosteniendo algo sagrado, caminando despacio, serio, como si supiera que aquel momento iba a quedarse con él para siempre. Lo miraba desde abajo, con los ojos muy abiertos, intentando entender cómo alguien podía llevar tanto peso sin dejar de ser padre cuando le buscaba con la mirada.
Antes de salir de casa, su madre le ponía el jersey azul marino. Se lo colocaba con cuidado, como si también fuera una forma de protegerlo. Ay benditas madres y esposas, sufridoras y fieles admiradoras. A él le picaba un poco, pero seguro no le importaba. Con él puesto se sentía parte de algo grande, como si ya estuviera empezando a aprender, sin darse cuenta, quién era y de dónde venía.
Luego estaba la Virgen chiquita. Acompañarla agarrado a los cordeles era su manera de caminar cerca de Ella. Sus manos eran pequeñas, pero apretaba fuerte, con miedo a soltar, con la certeza infantil de que mientras no aflojara, nada malo podía pasar. Caminaba despacio, mirando al frente, imitando a los mayores, creyendo que así también se aprende a querer.
Pero el tiempo pasa sin pedirle permiso. Un día ya no miraba desde fuera, sino desde dentro. Se encontró compartiendo varales con su padre, los dos costaleros del Patrón, hombro con hombro, entendiendo en silencio todo lo que antes solo había admirado. Ya conocía el cansancio, el dolor en el cuerpo, el esfuerzo que nadie ve. Y aun así, o quizá por eso, supo que no cambiaría aquel lugar por ningún otro. Porque cargar juntos era una forma de hablarse sin palabras, de seguir siendo padre e hijo incluso bajo el peso del trono de San Rodrigo.
Y cuando el cuerpo flaqueaba, levantaba la mirada al cielo. Allí imaginaba la cara sonriente de su abuelo. Él fue quien le enseñó todo esto: a respetar, a esperar, a sentir. Él fue quien le llevó de la mano cuando aún no alcanzaba los cordeles, quien le explicó que la fe no se impone, se vive. Su sonrisa sigue ahí arriba, recordándole que nada de esto es casual, que cada paso tiene memoria.
Hoy sabe que todo empezó entonces. En una mirada, en un jersey azul marino, en unos cordeles gastados, en un varal compartido. Y en un abuelo que, desde el cielo, sigue caminando con él cada vez que San Rodrigo vuelve a salir a la calle.
Esta maravillosa historia, salida de mi imaginación, seguro ha removido el alma de muchos de lo que aquí estáis y yo, como egabrense, absolutamente orgulloso de vosotros y vosotras.
Ser de Cabra como San Rodrigo y no sé si compartirán conmigo lo que yo pienso. No se trata de ser el mayor defensor de mi pueblo pero, y quien me conoce lo sabe, lo llevo por bandera en cada segundo de mi vida, porque, ser egabrense no es solo una circunstancia del lugar donde uno nace; es una forma de sentir, de mirar el mundo y de llevar la identidad grabada en el alma. Nacer en Cabra es crecer entre historia, cultura y valores que se transmiten sin necesidad de palabras, simplemente viviendo sus calles, respirando su aire y escuchando a su gente.
Cabra es un pueblo que ha sabido dar al mundo grandes personalidades políticas, profesionales brillantes de los medios de comunicación y deportistas de élite que han llevado el nombre de nuestra tierra más allá de nuestras fronteras. Personas que, desde distintos ámbitos, han demostrado que el talento también nace en los pueblos, que la excelencia no entiende de tamaños y que desde Cabra se puede llegar muy lejos sin perder nunca las raíces y sentirse orgulloso cuando lo llaman «mae» o «pae».
Pero más allá de los logros individuales, el verdadero orgullo de ser egabrense reside en su historia cultural, en ese legado que se palpa en cada rincón, en cada tradición, en cada celebración compartida. Cabra es pasado y presente a la vez, un lugar donde la memoria histórica convive con una sociedad viva, dinámica y abierta al futuro.
Cabra es acogedora porque su gente lo es. Inclusiva porque aquí nadie es extraño, porque quien llega se siente parte, porque el respeto y la convivencia forman parte de nuestra manera de ser. Es un pueblo que abraza, que escucha y que comparte, donde la identidad no excluye, sino que suma.
Sentirse egabrense es sentirse orgulloso de un origen humilde pero grande en valores; es llevar con dignidad el nombre de Cabra allí donde vayamos; es saber que venimos de un pueblo que educa, que inspira y que deja huella. Porque Cabra no es solo el lugar del que venimos, es el lugar al que siempre pertenecemos y al que siempre queremos volver.
Cabra no solo se asienta sobre su tierra y su historia; Cabra también se eleva hacia el cielo. Y lo hace con un nombre propio, con el de un santo que nos une desde lo más profundo: San Rodrigo. Tener en el cielo a un santo llamado Rodrigo no es una simple coincidencia, es un regalo espiritual que conecta nuestra fe, nuestra memoria y nuestra identidad como pueblo.
San Rodrigo no es solo una figura del pasado, es un faro que ilumina el alma egabrense. Su nombre resuena en nuestras calles, en nuestras familias, en nuestras tradiciones, como un lazo invisible que une lo terrenal con lo divino. Saber que Cabra tiene un intercesor en el cielo es sentir que no caminamos solos, que hay una presencia que nos acompaña y nos protege desde lo alto.
La importancia de San Rodrigo va más allá de la devoción religiosa; es símbolo de perseverancia, de fidelidad a los valores y de amor profundo por la verdad. Su vida y su testimonio nos recuerdan que la santidad también nace en nuestra tierra, que desde Cabra se puede sembrar fe, entrega y ejemplo para el mundo entero.
Para Cabra, San Rodrigo debe ser orgullo y consuelo. Debe ser historia viva, tradición que se transmite de generación en generación, una seña de identidad que fortalece nuestro sentimiento de pertenencia. Tener a San Rodrigo en el cielo es saber que nuestra fe tiene raíces firmes y alas para volar alto.
Porque cuando miramos al cielo y pronunciamos su nombre, no solo invocamos a un santo: reafirmamos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde caminamos como pueblo. Cabra, con San Rodrigo, no solo mira al cielo; forma parte de él.
De todos es conocido que San Rodrigo ejercía su ministerio sacerdotal cuando tuvo un grave conflicto con sus hermanos, convertidos al islam. A causa de una discusión familiar fue denunciado falsamente como apóstata, lo que le llevó a prisión en Córdoba. Allí conoció a San Salomón, con quien compartió cautiverio. Ambos reafirmaron públicamente su fe cristiana ante las autoridades musulmanas.
Por negarse a renegar de Cristo y aceptar el islam, fueron condenados a muerte. San Rodrigo no dejó obras escritas conocidas. Su importancia radica en su testimonio de fe y martirio, que fue recogido por los cronistas mozárabes y fomentó su culto como ejemplo de fidelidad cristiana, repito, ejemplo de fidelidad cristiana. Y es ahí donde yo pongo el punto de mira, y donde reconozco en Cabra, a santos y mártires.
San Rodrigo Mártir, patrón de Cabra, vivió su santidad en un contexto de persecución, donde la fidelidad a la fe y la dignidad personal tenían un alto coste. Su gesto no fue una obra asistencial organizada, sino un testimonio radical de coherencia, especialmente desde la injusticia sufrida: prisión, marginación y muerte. En ese sentido, San Rodrigo fue uno de los necesitados, y desde ahí ofreció su vida como acto supremo de amor y verdad.
Los "otros santos" , los "otros Rodrigos" que hoy caminan por Cabra ,viven la santidad desde la acción cotidiana, encarnada en el servicio directo a los pobres, enfermos, ancianos y excluidos. No mueren mártires, pero se desgastan cada día, sosteniendo vidas rotas, como las Cáritas interparroquiales o las bolsas de caridad de cada cofradía, dando tiempo y escucha, como los cirineos que de la mano de Jesús Caído y La Señora del Buen fín harán de ancianos que viven en soldad, abuelos de todo un pueblo y oración y pan, como nuestras madres Agustinas recoletas o los voluntarios del Comedor Social o los amigos de Entreculturas o Cien por cinco solidarios.
La comparación los une más de lo que los separa:
San Rodrigo representa la santidad del testimonio: firmeza, coherencia, fidelidad hasta el final.
Las instituciones y personas solidarias de hoy representan la santidad del servicio: misericordia concreta, organización del bien, caridad perseverante.
Ambos comparten lo esencial: pensar en los más necesitados, aunque desde lugares distintos.
San Rodrigo defendió la dignidad del ser humano cuando fue pisoteada; las obras sociales de Cabra restauran hoy esa dignidad en quienes sufren pobreza, soledad o exclusión.
Podría decirse que San Rodrigo puso el corazón, y las obras actuales ponen las manos.
Él fue semilla; ellas son fruto.
Él dio su vida una vez; ellos y ellas la dan cada día.
La mayor de las gratitudes a esos "rodrigos" que de forma callada ejercen esa labor tan bonita de tender la mano a todo el que lo necesita. Desde este atril, mi más sincero reconocimiento a todos ellos y el mayor de los aplausos.
Cabra, tierra de historia, de fe profunda y de tradiciones que se transmiten de generación en generación, guarda en su corazón un tesoro que no debe perderse jamás: el amor y la devoción hacia su patrón, San Rodrigo. No se trata solo de una figura del pasado ni de un nombre inscrito en la historia, sino de un ejemplo vivo de fe, de valentía y de fidelidad a los valores que han marcado el alma de nuestro pueblo.
Desde el cariño más sincero por nuestras raíces, nace el deseo de que la devoción a San Rodrigo siga creciendo cada día más. Que no sea una llama tenue que apenas se recuerde en momentos concretos, sino un fuego vivo que ilumine a Cabra durante todo el año. Que cada egabrense sienta en su interior el orgullo de tener como patrón a un santo que representa la fortaleza de la fe y la identidad de nuestra tierra.
Para que esa devoción no se pierda, es fundamental que se transmita como se transmiten las cosas verdaderamente importantes: de padres a hijos. Que en los hogares se hable de San Rodrigo, que los mayores cuenten a los más pequeños quién fue, por qué es nuestro patrón y por qué Cabra lo honra con tanto respeto y amor. Las tradiciones que nacen en la familia son las que perduran, las que echan raíces profundas y las que hacen que un pueblo mantenga viva su identidad a lo largo de los siglos.
Pero también es necesario que esa devoción tenga un espacio en la formación de los más jóvenes. Que en las catequesis se enseñe su historia, su testimonio y el significado que tiene para nuestra comunidad. Que en las escuelas se recuerde que Cabra tiene un patrón cuya vida forma parte de la historia espiritual y cultural del pueblo. Conocer a San Rodrigo es también conocer una parte esencial de lo que somos.
Un pueblo que recuerda a sus santos y a sus tradiciones es un pueblo que se conoce a sí mismo. Por eso, Cabra debe sentirse orgullosa de su patrón. Orgullosa de su historia, de su fe y de ese legado que ha llegado hasta nosotros gracias a quienes lo cuidaron antes. Ahora nos corresponde a nosotros hacer lo mismo: custodiar esa devoción y transmitirla con amor a quienes vendrán después.
Que San Rodrigo nunca sea un recuerdo lejano ni una tradición olvidada. Que su nombre siga resonando en las calles de Cabra, en sus celebraciones, en sus familias y en el corazón de su gente. Porque un pueblo que honra a su patrón con cariño y fidelidad es un pueblo que mantiene viva su alma.
Y que Cabra, hoy y siempre, camine con orgullo bajo la protección de San Rodrigo, su patrón, sin permitir jamás que el paso del tiempo lo borre de la memoria ni del corazón de su gente.
La Hermandad de San Rodrigo Mártir no se sostiene solo sobre tradiciones, imágenes o fechas marcadas en el calendario; No solo son las imágenes que de él tenemos en nuestra Parroquia, o la que se venera aquí mismo, donde nos encontramos. Ni siquiera en el que podemos disfrutar en la fachada lateral de Santo Domingo. No sólo en un estandarte, unos cordeles o una chapa dorada en forma de palma. Para mí, se sostiene, sobre todo, en las personas. En cada miembro hay horas silenciosas de esfuerzo, manos que trabajan sin aplausos y corazones que laten al ritmo de una devoción sincera. Su labor, muchas veces discreta y siempre generosa, es el hilo invisible que mantiene viva la esencia de la hermandad.
Cada gesto, desde el más pequeño hasta el más visible, nace del amor profundo por lo que se representa y por quienes lo comparten. Hay sacrificio, constancia y una fe que no entiende de protagonismos, solo de compromiso, y no les importa lo mucho o poco compartida que sea. Gracias a ellos y a ellas, la Hermandad de San Rodrigo Mártir no es solo memoria del pasado, sino presencia viva en el presente y esperanza para el futuro.
Este trabajo, hecho desde el alma, merece ser reconocido no solo por lo que se ve, sino por todo lo que no se ve: la entrega personal, la unión fraterna y el orgullo silencioso de servir. Porque cuando se trabaja con el corazón, la huella que se deja es eterna.
Siempre me gustó cómo sonaba Hermandad de San Rodrigo Mártir. Tiene algo firme, algo antiguo y sereno, como una campana que marca el tiempo justo. Decirlo es sentir pertenencia, historia, un nombre que se sostiene por sí solo y que camina con dignidad.
Los hermanos de la Hermandad de San Rodrigo no hacen ruido. No buscan aplausos ni reconocimientos, porque su trabajo nace del corazón y se queda en lo invisible. Son manos que preparan, que ordenan, que limpian, que cargan y que rezan sin que nadie lo note. Son pasos dados en silencio para que todo brille cuando llega el momento.
Hay en ellos una unión sincera, una forma de entender la hermandad como familia. Aquí nadie camina solo: el que llega nuevo encuentra un abrazo, y el que lleva años nunca deja de sentirse en casa. Se comparte el esfuerzo, la alegría y también el cansancio, porque juntos pesa menos y vale más.
Su labor es constante, muchas veces discreta, otras tantas incomprendida. Trabajan todo el año para enaltecer el nombre de nuestro patrón, San Rodrigo, aun cuando a veces parece quedar en el olvido. Inmersos en tantos proyectos como el del nuevo paso para el patrón, tallado con el amor de las manos egabrenses de Manuel Jurado y de las, casi egabrenses, de Miguel Ortiz. Y ellos y ellas, permanecen, fieles, sosteniendo su memoria con hechos y no con palabras, manteniendo viva una devoción que se transmite más por ejemplo que por discursos.
Gracias a estos hermanos, San Rodrigo sigue caminando en el corazón del pueblo. Gracias a su entrega silenciosa, su nombre no se apaga. Porque mientras haya quien trabaje con fe, con humildad y con amor fraterno, nuestro patrón nunca estará solo ni olvidado.
Pero hay nombres que no solo se dicen, se sienten.
Porque cuando al nombre se le añade Costaleros de la Virgen de la Sierra, algo cambia por dentro. Ya no es solo identidad, es promesa. Es el peso compartido, el sudor callado, la fe que no se nombra pero se vive. Es un apellido que no adorna, que compromete; que se hereda y se gana paso a paso, hombro a hombro.
San Rodrigo es el origen, la raíz bonita que nos reúne hoy aquí
La Virgen de la Sierra es el latido que nos empuja a seguir adelante.
Y ser Costalero suyo no es solo llevar un paso: es llevarla en el alma, es saberse pequeño bajo su mirada grande de ojos azules, es entender que hay nombres que se escriben en los papeles y otros que se graban para siempre en el corazón.
Por eso, si el nombre es hermoso, el apellido lo es aún más, porque nos define cuando nadie mira y nos une cuando el peso aprieta.
Y son protagonistas, con mayúsculas, de dos de los momentos más bonitos que en Cabra se viven. En Cabra todo el mundo sabe a lo que nos referimos cuando se pronuncia Bajá y cuando se pronuncia subía. Ella, el centro de todo y abajo.....vosotros, y eso, amigos míos nadie lo discute.
Cuatro de septiembre amanece
con la Sierra en oración,
la aurora rompe en suspiros
y Cabra late en el corazón.
Desde lo alto baja la Madre,
Reina de la comarca y del olivar,
la Sierra se queda en silencio
al verla partir despacio,
camino a su pueblo natal.
Suena el paso sobre la piedra,
cruje el camino ancestral,
y cada curva es un rezo
que se aprende a pronunciar.
Hombros rendidos, almas firmes,
el cansancio no quiere hablar,
que cuando la Virgen camina
el dolor aprende a esperar.
Baja la Sierra con Ella,
bajan promesas y fe,
bajan lágrimas escondidas
que solo Ella sabe leer.
El sol la besa en el rostro,
el sudor se vuelve verdad,
y Cabra entera la aguarda
como se espera a una madre que siempre vuelve al hogar.
Campanas rompen el aire,
el pueblo se echa a la calle,
y entre vivas y silencios
la emoción ya no se puede esconder.
Cuatro de septiembre bendito,
día de encuentro y unidad,
cuando la Sierra se hace pueblo
y la Madre baja hasta Cabra pa reinar.
Y aunque vuelva a su pueblo
cuando llegue su momento final,
siempre queda en quien la acompaña
la huella eterna de su Bajá.
Cabra no duerme igual
cuando Tú estás en sus calles.
Algo cambia en el aire,
algo se arrodilla por dentro
cuando la Sierra se hace hogar.
Te quedas, Madre,
y el pueblo aprende a mirarte de cerca,
sin la distancia del monte,
sin la bruma del Picacho,
como quien tiene a su Madre
sentada en la sala de casa.
Y San Rodrigo te espera.
No hacen falta palabras.
Entre Tú y él hay un lenguaje antiguo,
miradas que rezan solas,
silencios que solo entienden
quienes han sufrido y creído.
Él, mártir del amor firme.
Tú, Madre del consuelo eterno.
Y Cabra entera cabe
en ese encuentro callado
donde la fe se hace carne
y la historia vuelve a latir.
Yo te bajé, Madre.
Te llevé al hombro con orgullo,
con el alma más cargada
entre el silencio y el murmullo.
Y ahora, mientras te miro aquí,
sé que el tiempo se nos acaba.
Porque ya empiezo a pensarte arriba,
en tu Sierra, en tu altura,
y el corazón se me parte
entre querer retenerte
y saber que Tu sitio es el cielo del Picacho.
Pienso en la subida
antes incluso de que llegue.
En el esfuerzo que duele,
en el adiós que quema,
en ese último paso
cuando el alma se vacía
y el pecho se llena de ausencia.
Costalero soy, Madre,
y eso es aprender a soltar
lo que más se quiere.
Bajarte para que el pueblo te abrace
y subiste después
para que la fe no se olvide de mirar hacia lo alto.
Quédate aún un poco Madre,
reina de Cabra y de la Sierra.
Que San Rodrigo te rece,
que el pueblo te nombre,
y que mi corazón se prepare
para devolverte donde Tu reinas.
Porque aunque mis manos te suelten,
aunque mis hombros se queden abajo,
mi alma, Madre,
esa sube contigo
cada vez que vuelves
al Picacho eterno.
Aún no ha roto el alba
cuando el reloj del alma llama,
madrugón de promesa antigua,
silencio, café y esperanza.
La Sierra aguarda despierta,
con su bruma y su verdad,
y Cabra se echa a los hombros
el peso bendito de su Reina y Madre.
Hombro con hombro, sin palabras,
el sudor se vuelve oración,
cada paso es un "te quiero",
cada cuesta, una lección.
Cruje el camino de piedra,
late el pecho sin compás,
pero nadie camina solo
cuando Ella va delante y atrás.
Manos firmes, miradas cómplices,
el dolor se aprende a callar,
que pesa más la devoción
que el cansancio al caminar.
Y llega el adiós contenido,
la despedida que duele dar,
se queda la Sierra en los ojos
y un nudo en el pecho al mirar.
El trabajo está cumplido,
el esfuerzo ha llegado a buen puerto,
la Patrona ya descansa
donde siempre quiso estar, en lo alto y en lo eterno.
En su camarín queda la Madre,
reina de Cabra, de pueblo fiel,
y nosotros bajamos distintos,
con menos fuerzas... pero con más fe.
Porque quien sube con Ella
no vuelve jamás igual:
la Sierra se queda en el alma
y San Rodrigo... en la eternidad.
VIVA SAN RODRIGO MÁRTIR
VIVA MARIA SANTÍSMA DE LA SIERRA
VIVA POR SIEMPRE SUS BENDITOS COSTALEROS
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