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Arte y devoción en los altares de cultos

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Arte y devoción en los altares de cultos

07.03.26 - Escrito por: Antonio Ramón Jiménez Montes

En los últimos años gracias a las labores de los equipos de mayordomía, priostía y cultos de las hermandades egabrenses, hemos comprobado un especial cuidado y trabajo a la hora de montar los altares de cultos de las celebraciones cuaresmales de las cofradías.

Ya hemos indicado en varias ocasiones que nuestra Semana Santa, que hunde sus raíces en los primeros años del siglo XVI cuando se crea la Vera Cruz, constituye un referente en no pocos aspectos. Una celebración declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional por el Gobierno de España en 1989 y que mantiene unas señas de identidad muy especiales, gracias precisamente a la labor de tantas generaciones de cofrades que han estado y están al frente de nuestras cofradías.

La solemnidad de sus procesiones, el extraordinario valor artístico de las imágenes titulares - con exponentes de todas las épocas -, los conjuntos patrimoniales de cada hermandad y las manifestaciones tradicionales de las cofradías en la calle, son sólo algunos de los elementos que conforman este universo especial y singular de nuestra Semana Santa y de sus cofradías. Y entre ese rico patrimonio hay muchos elementos que conforman una estética genuina que sólo puede apreciarse en los días de los cultos o en la Semana Santa permaneciendo ocultos el resto del año.

Y entre todos esos elementos hay un aspecto simbólico, que podría pasar algo más inadvertido, como es el de la celebración de los cultos cuaresmales y los montajes que se realizan para destacar la solemnidad de tales ejercicios piadosos. Y es aquí donde nos llama la atención la categoría de sus altares efímeros. No debemos pasar por alto que las Hermandades y Cofradías están entre las corporaciones religiosas que más patrimonio artístico y cultural han generado dentro de la Iglesia en Andalucía con una utilidad fundamental: tributar culto público a sus imágenes titulares.

Unos montajes que, inspirados en los aparatos funerarios barrocos y realizados por auténticos «arquitectos» al servicio litúrgico y devocional, transforman el entorno litúrgico en escenarios marcados por la verticalidad, el empleo estratégico de la luz y una cuidada selección de elementos ornamentales que realzan la significación de los cultos cuaresmales. En Cabra, como sucede en otras ciudades andaluzas, la tradición del altar efímero se erige como una seña de identidad cofrade, donde convergen historia, arte y devoción en cada acto. Porque no se trata de algo inventado o que copie, sin más, lo que se hace en otros lugares. Forma parte de una identidad quizá olvidada pero que gracias a la labor de los cofrades egabrenses cada vez tiene más repercusión, gracias a la publicidad que se realiza con las fotografías o vídeos que podemos ver en redes sociales.

Durante los siglos XVIII y XIX, las hermandades egabrenses adoptaron modelos que estarían en el mismo origen de las celebraciones religiosas procedentes de Sevilla, Málaga, Córdoba o Granada, enriqueciendo sus celebraciones con montajes de notable impacto visual. Los altares, elaborados con telas, maderas y cera, ocultaban los retablos habituales y elevaban las imágenes titulares sobre graderíos iluminados, envolviendo al devoto en una atmósfera de contemplación y recogimiento. Estas composiciones no se limitaban a lo decorativo, sino que configuraban verdaderos espacios simbólicos en los que la estética barroca expresaba la esperanza y la pasión religiosa. Cada detalle tenía un significado y, generalmente, las personas que asistían a las celebraciones eran capaces de comprender, al menos en parte, el significado de los elementos usados en los altares.

La creatividad local alcanzó particular relevancia en las celebraciones de novenas, quinarios, septenarios y triduos, que convertían cada culto en un acontecimiento tanto espiritual como artístico. En Cabra, la función principal, también llamada fiesta de reglas, representaba el punto culminante, con el altar efímero erigido en centro de la vida espiritual y del compromiso corporativo de la hermandad. Llenando los templos de estética al servicio de la liturgia y llamando la atención a propios y extraños, tanto por lo ampuloso del «aparato» efímero a modo de «máquina» barroca, como por la sensación de sorpresa y emoción que servía para enmarcar de manera extraordinaria la imagen titular a la que se rendía culto en el tiempo de Cuaresma.

Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II, dicha tradición experimentó un declive motivado por la tendencia a la simplificación estética y la adopción de nuevos criterios pastorales. Durante varias décadas, se impusieron composiciones más austeras y sencillas, relegando a un segundo plano la escenografía barroca que anteriormente definía los cultos egabrenses. La propia evolución de la Semana Santa de Cabra, con transformaciones y esquemas que fueron cambiando a lo largo de todo el siglo XX, quedaba también reflejada en las celebraciones cultuales e incluso en las convocatorias o anuncios que llamaban a la participación de los cofrades. Los cultos no eran ajenos a todo lo que iba rodeando a nuestras cofradías en estética, espiritualidad, cambios y crisis que, hacia los años 80-90 del siglo XX comenzó a consolidarse en unas formas que ya han sido las - al menos hasta ahora - que pueden considerarse definitivas.

En años recientes, las cofradías de Cabra han propiciado una revalorización de los montajes complejos y simbólicos, revitalizando así una tradición enraizada en la memoria histórica local. Montajes temporales realizados para los cultos cuaresmales, que, al modo en que se había mantenido para los altares de la estancia de la Virgen de la Sierra en la parroquia de la Asunción y Ángeles, volvían a tener la relevancia y cuidado que tuvieron en otras épocas.

Así lo hemos presenciado en hermandades como la Vera Cruz, la Piedad, los Estudiantes, la Columna o el Huerto, por citar algunas, han recuperado la estética barroca, conjugándola con una sensibilidad contemporánea y devolviendo a los templos el ambiente de contemplación y solemnidad propio de la Semana Santa egabrense. Cofradías que tenían sus imágenes en los camarines principales de sus templos, como la Soledad o las Angustias, también han vuelto al montaje de altares más elaborados. Lo mismo que las hermandes que residen en estas iglesias en las que nos presentan de la mejor manera posible y atendiendo también a las propias características de los templos, los cultos de sus titulares.

Los cultos en el Cerro, en San Juan de Dios, en la Asunción, Santo Domingo o Capuchinos, han ido transformando, en el tiempo de Cuaresma, la propia estética de los templos, con estos montajes que las cofradías erigidas en ellos han realizado y realizan en estos días del tiempo de preparación a la Semana Santa.

El caso de la Expiración en su capilla de Termens igualmente ha ido conformando una estética más trabajada, dentro de la línea de austeridad que mantiene la cofradía desde su creación en los años 70 del siglo XX; o los cultos de las hermandades de la parroquia de San Francisco y San Rodrigo, quizá el ejemplo más claro de la idea estética post Vaticano II aunque hemos observado transformaciones que inciden en esta vuelta a la idea de montajes más complejos para destacar la solemnidad o el carácter extraordinario de los cultos cuaresmales, besapiés y besamanos o momentos de veneración a los que tuvimos que aprender también en los años pasados de la pandemia del COVID.

En la actualidad, el altar de cultos, en esa idea de gran montaje cofrade cargado de elementos estéticos y simbólicos, ha recuperado su papel protagonista, no solo como elemento ornamental, sino como manifestación visual de la devoción y el sentido comunitario de las cofradías en nuestra ciudad. Y la forma de presentar a las imágenes que luego contemplamos en las procesiones y estaciones de penitencia de la Semana Santa, es otra de las muy destacadas facetas del arte cofrade que mezcla la tradición dieciochesca o los esquemas neobarrocos en la forma de presentarlas.

Y desde luego, volviendo quizá a aquellas vivencias infantiles en las que solíamos recorrer los templos para ver cómo todo se preparaba por las cofradías en estas fechas, la participación en las celebraciones adquiere también esa idea de recorrer las capillas y altares para venerar a los sagrados titulares de nuestras hermandades y admirar, como ofrenda de los cofrades, estos «aparatos» de cultos que son en sí mismos una lección simbólica de lo que representan.

Esta reapropiación de la estética barroca, reinterpretada desde los criterios actuales, demuestra la capacidad de la Semana Santa egabrense y de sus cofradías, para renovar y preservar sus tradiciones, integrando arte, espiritualidad y cohesión social en cada celebración.

Felicito a los equipos de cada hermandad por la labor tan importante y esmerada que hacen y por los resultados tan excelentes que ofrece ese trabajo a la hora de los montajes de altares y presentación de las imágenes en sus cultos. Y no puedo dejar de hacer una invitación, amables lectores, a que aprovechen cada una de las convocatorias de nuestras cofradías en la intensa Cuaresma egabrense, para tener un rato de oración y silencio ante las imágenes a las que se rinde veneración, a la vez que se disfrute de los altares de cultos que se montan en su honor.

Creánme. Merece la pena.

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