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La esencia musical de la Semana Santa de Cabra :: Reflexión a propósito de la identidad de nuestra Semana Santa

01.04.14 - Escrito por: Mateo Olaya Marín

"La Semana Santa de Cabra ha perdido identidad". Sin duda nos sonará. Es alguna de las muchas expresiones similares que como auténticos mantras nostálgicos salen de nuestros labios y toman en estas semanas más protagonismo si cabe, en tertulias y conversaciones improvisadas entre cofrades o en cualesquiera que sean los foros. Es complejo e inabarcable en pocas líneas, analizar evolutivamente nuestra Semana Santa y los elementos que ha ido incorporando en detrimento de otros tantos que se perdieron en el tiempo. Habría que razonar con fundamento aquello que se recuerda hoy día como típico y que en verdad lo era, diferenciándolo de aquellos elementos que, quizás, estaban más cerca de ser formas importadas, que de constituir algo netamente local y que sin embargo todavía hoy muchos lo defienden como abanderados del egabrensismo.

Pero resumiendo -con el riesgo que ello conlleva- no es descabellado sopesar la necesidad, llegado este momento histórico de nuestra Semana Santa, de mirar con prudencia y respeto al pasado, para recuperar ciertas identidades de una parte, y de otra afianzar algunos signos presentes en la actualidad, que están debilitados y/o cuasi desaparecidos. Una retrospectiva que podría hacer de nuestra Semana Santa una manifestación más singular y personal y la alejaría de una desafectación, patente a día de hoy, por un pasado que, no siendo necesariamente mejor en todos sus aspectos, sí es verdad que nos ancla a las raíces y proyecta la celebración religiosa con más sentido histórico e identitario, y no sólo como una expresión artística y estética sujeta a los vaivenes insustanciales de las corrientes y las modas.

Nuestra Semana Santa ha ganado en elaboración, en prestancia. Las hermandades han avanzado a pasos agigantados en organización y estructura. Por eso mismo se hace perentorio hacer examen autocrítico y plantear seriamente la recomposición de aquello que olvidamos y que merece la pena ser reintegrado, para mejorar todo lo bueno que ya hay construido. ¿Y cuál es la identidad de la Semana Santa egabrense? Nos afanamos en hablar de ella como una entelequia, pero falta concretar a qué nos referimos. Lejos de ser algo abstracto, esa anhelada identidad tiene nombres y anida en numerosos elementos de índole artística, religiosa y social.

En esta situación de necesaria revisión de nuestra Semana Santa, conviene reparar en un elemento, la música, que, como otros más, aporta identidad y caracterización. En numerosas ocasiones percibo que no somos capaces de comprender con antelación que ciertos planteamientos adoptados pueden ser la antesala de la desaparición de determinados rasgos de autenticidad. ¿Qué identidad musical tiene nuestra Semana Santa?

Podemos nombrar en un primer intento el caso del añafil o abejorro. Por suerte, es un elemento que lejos de desaparecer, está afianzándose incluso en cortejos que llevaban tiempo sin incluirlo. No puede entenderse el añafil como un obstáculo en la organización de una estación de penitencia. Su sonido es intermitente, concreto, aislado, y puede sonar perfectamente solapándose en pocos segundos con el sonido de la banda que acompaña al paso. Corneta y añafil son compatibles, no busquemos la exclusión cuando todo está más cerca de la perfecta complementación. Nada alterará y todo su uso será beneficioso. En un plano similar por su dimensión arcaica está el rompevelos, con una tendencia contraria al añafil situándose actualmente en la difusa línea del olvido.

Las marchas egabrenses son también parte de nuestra identidad. ¿Pero es algo con lo que todo el colectivo cofrade está de acuerdo? Lejos de desaparecer la acústica más castiza de nuestra Semana Santa, debería afianzarse y estar presente sin fisuras. El progresivo protagonismo de bandas de cornetas y agrupaciones musicales no es óbice para que determinadas marchas escritas por y para hermandades egabrenses, persistan en el tiempo. No hagamos que las obras que llegan a las hermandades caigan a su suerte. A su vez, en las bandas de música reside el repertorio clásico y antiguo que nuestra ciudad y sus músicos han legado precisamente no para guardar el sueño de los justos, sino para estar tan vigentes como las partituras que nos llegan de fuera, con las que sin duda nos enriquecemos. Aquí cobra valor la figura del Maestro Rodríguez, con "Martirio" o "Virgen del Socorro", pero también las de Manuel González Rubio y Manuel Aguilar, o Sebastián Valero, entre otros.

El caso más llamativo es el de los pasacalles "Cofradías Egabrenses" y "La Cruz Parroquial". Actualmente suponen una música en auténtico peligro de extinción en la calle, para lo que fueron compuestas. Suenan y seguirán sonando en el pregón, pero no nacieron precisamente para eso. En su título está la verdadera razón de ser: pasa-calle. La naturaleza propia de estas partituras es el desfile en la calle de nuestras cofradías, aquellos pasacalles que se realizaban en distintos días y que a día de hoy son un reducto, habiéndose perdido casi todos, como los del Jueves y Viernes Santo (quizás los más representativos, sobre todo el último) Ya ni siquiera abren de forma simbólica nuestra Semana Santa, cuando en la mañana del Domingo de Ramos el cofrade de Cabra estrenaba el aire con la música singular y alegre de sus rítmicos compases. Pocos pueblos tenían esa suerte y esa seña de identidad. Pero quizás nosotros no lo entendíamos así y por eso también se perdieron.

Y lo que puede ser más preocupante, es que no se percibe especial contrariedad ante este escenario, sino una resignación instalada en una aparente apatía. Una evidente indolencia ante estos casos en los que progresivamente los pasacalles han perdido presencia y peso específico, despojando a nuestra Semana Santa de un pilar más que sin duda reforzaría el rito y la liturgia popular, tan necesarios, éstos, para conservar el sentimiento de colectividad e identidad. Lógicamente, los pasacalles nos aportan no sólo la música de la que hablamos, sino también los cortejos que recorrían nuestras calles y el sonido de otras formaciones que participaban igualmente.

Por último, tendríamos la saeta, la saeta tradicional de Cabra, la llana y explicativa, la sencilla y que se vale de la raíz del mensaje. La de los melismas justos y comedidos. La que desprende ese recuerdo sonoro que nos conecta con la historia. Relegada desgraciadamente a algo completamente residual, por el estilo flamenco imperante, de mayor lucidez y poder efectista (una perfecta analogía de lo que ha sucedido con las marchas procesionales). Por supuesto, ambas pueden coexistir y nutrir una diversidad de estilos para mayor enriquecimiento. Aunque precisamente no es el caso. Se mantiene, subsiste, en nuestros días por el afán de José Mª y David Barranco, pero se hace necesario y urgente que tomemos conciencia real de la falta de entusiasmo con la que Cabra ha defendido su saeta, en contraposición con otras localidades que sí la han entendido como algo lo suficientemente propio como para merecer el destino inmerecido de ser denostadas.

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